Petro apoyó la paz, ahora debemos apoyarlo a él

Como ya sabemos, quienes pasaron a segunda vuelta por la presidencia son Iván Duque y Gustavo Petro. El gobierno Santos está en su ocaso, dejando con él algo bueno: La firma del acuerdo de paz, en medio del remolino de situaciones adversas, como la creciente desigualdad socio-económica, el aumento de los impuestos, los crecientes cultivos de uso ilícito, el déficit presupuestario, entre otros.

Sobra decir que la impopularidad de Santos no sólo obedece a la furiosa y muchas veces calumniosa oposición uribista y al ataque del proceso de paz por parte de poderosos medios privados como RCN, sino también (y con razón) a su pésima gestión.

No obstante, Santos deja colocada la primera piedra para la construcción del edificio de la paz, que es una obra que sólo se concretará cuando se logre la justicia social.  Esa primera piedra es el silencio de los fusiles, pero ni siquiera hubiese sido posible su afincamiento si Santos perdía su reelección, ya que un elemento amenazaba hacerla polvo: Uribe, con su candidato Zuluaga.

Santos perdió el primer round electoral y en tres semanas parecía imposible lograr un remonte.  Sin embargo, en medio de la bruma del desconcierto y la preocupación, apareció la silueta salvadora de ese proceso de paz, que para entonces aún estaba en gestación.  La silueta pertenecía a la del hombre que había sido golpeado a traición por Santos, cuando éste desacató la orden de la CIDH de restituir sus derechos políticos luego de la destitución arbitraria impartida por Ordoñez, en ese entonces Procurador; la silueta del alcalde Petro, destituido e inhabilitado por 15 años.

Petro tenía un gran respaldo popular en la capital que creció luego del atropello evidente y descarado del procurador y al que Santos había dado luz verde, desdeñando la luz roja que la justicia internacional había emitido. Petro entendía que ese respaldo había sido el faltante para resolver el triunfo en primera vuelta y entendía también que la firma de tan elevado anhelo como la paz de Colombia sobrepasaba con infinitud la bajeza y la traición de Santos, y sin adentrarse en odios o rencores personales, el espíritu altruista de Petro exhortaba a sus seguidores para que voten por Santos en segunda vuelta.  Muchos le reprochaban su decisión, otros quedaban conmovidos por su capacidad de perdón, humanismo y nobleza.  Fuese como fuese, el apoyo se dio y fue el que inclinó la balanza en favor de la continuación de los diálogos y del rechazo al terror uribista.

Con su vicisitudes, sus imperfecciones, con sus y alabanzas y críticas, se firmó el acuerdo en 2016,  y ha consolidado hechos tan justos como que los hospitales militares o las morgues de los mismos estén vacías, sin heridos ni mutilados, o que imágenes tan inverosímiles como que a Timochenko, el jefe máximo de las Farc, se le haya visto en traje de civil y votando como cualquier ciudadano, cuando en épocas pasadas esa guerrilla saboteaba violentamente los comicios en casi todo el país; o que se hable de reparación a las víctimas y de la JEP, que arrojará las verdades ocultas que vinculan con atroces crímenes a quienes posan de honorables políticos, empresarios o “gentes de bien” de nuestro país, y que ayudará al esclareciendo de los móviles del cruento conflicto armado.

Todos estos hechos, impensables hace pocos años, hoy son una grata realidad para nuestro sufrido pueblo y son saludados con alborozo por la comunidad internacional.

Hoy, frente a este nuevo e inquietante escenario político, al hombre que hizo posible el acuerdo de paz no se le puede dar la espalda como él no nos la dio hace 4 años.  Hoy Gustavo Petro, después de una campaña admirable y luchando solo contra la peligrosa gavilla del corrupto, retardatario y ultraconservador establecimiento colombiano, se ha posicionado como la opción que puede derrotar nuevamente esa amenaza narco-paramilitar y genocida, pero ante todo, la que puede continuar con la construcción del edificio de la paz entendida a cabalidad por Petro como Justicia Social.

Los candidatos que se proclamaron independientes no pueden mostrarse indiferentes ante esta coyuntura que amenaza la paz, la justicia, la verdad, la reparación a las víctimas, el respeto a las instituciones y el futuro de las generaciones venideras.  Hoy reposa en ellos una inmensa responsabilidad histórica para Colombia; no es a un hombre al que deben respaldar, es al pueblo colombiano en su deseo de dejar atrás la guerra y en el de ver ansioso un horizonte que le brinde mejores momentos de vida.

 

Atentamente,

Movimiento Naranja

 

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